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Categoría: Vida

Los niños y la muerte.
Los niños y la muerte.

Escuché hace poco a un padre decir:  ha muerto mi madre y no sé como decírselo a mi hija que tiene seis años.   No quisimos que la viera y le hemos dicho que está de viaje y ella pregunta con frecuencia acerca de cuando viene la abuela pues tenía muy buena relación con ella.

Nos preparamos para la muerte de un ser querido, pero no nos preparamos para ayudar a nuestros hijos en este tema.

Es importante explicar en forma clara a nuestros hijos lo sucedido.  No es bueno decir que la persona fallecida se ha ido de viaje, ni decir que se ha dormido.   Ambas afirmaciones crean en los niños la idea de que esa persona retornará de su viaje o despertará de su sueño.

Se sabe además de algunos niños que temen dormirse porque han identificado el sueño con la muerte.   No se debe temer al uso de palabras como muerte o muerto que, en los niños darán una idea clara de lo que ha sucedido.

No es bueno abundar en detalles sobre cómo se produjo la muerte del ser querido, la explicación debe ser breve y clara.

Se debe estar atento y escudriñar los sentimientos de los niños ya que, los más pequeños, suelen tener la sensación de ser culpables de la muerte del ser querido.   Se les debe explicar en forma clara que lo que ellos hayan dicho o pensado no ha provocado la muerte del ser querido.

Los niños, según sus edades, entienden la muerte de diversas maneras.  Por lo general lo chicos no entienden el significado de la muerte hasta los tres años.

Entre los tres y los cinco años suelen considerar a la muerte como un estado reversible y temporal. Después de los cinco años entienden que la muerte es un estado definitivo, pero hasta los diez años no creen que pueda pasarles a ellos.

Luego de los diez años suelen entender que la muerte es un estado definitivo y que necesariamente todos llegamos a ella.  Claro que esto no es matemático y muchos de los niños que ya han pasado por la triste experiencia que significa perder a un ser querido, suelen ser muy adelantados en la comprensión de este fenómeno.

No debe impedirse que participen del velatorio y sepelio, aunque tampoco se les debe obligar a participar de ello.   En el caso de que ellos quieran hacerlo, se les debe explicar con anterioridad lo que van a ver en ese momento.

Al participar de estos eventos les damos la posibilidad de experimentar la sensación de una despedida definitiva.

No debemos temer llorar delante de nuestros hijos, ellos comprenderán y nos acompañarán en el dolor, pero debemos evitar las situaciones de gritos escandalosos y signos de desesperación, pueden dejar en ellos una imagen sumamente negativa y desesperanzada.

Si los niños sienten deseos de expresar su dolor, no debemos impedirlo.   Quizás lo mejor es ayudarles a que lo hagan comunicándoles que nosotros también compartimos esa pena.     Cuando el dolor no se exterioriza puede manifestarse de maneras no conscientes  (pesadillas, dificultades en la escuela, entre otros)

Los niños se sienten mas consolados con un abrazo que con palabras sentidas.

Si se tiene fe y se cree en la vida eterna, la cuestión será más sencilla, menos penosa.   Porque esa separación definitiva, se transforma en la esperanza de reunirnos con la persona amada al final de nuestros días.

Un niño entiende perfectamente esto, lo que le parece una injusticia es que después de esta vida no haya nada.   No olvidemos que los niños al ser más puros, tienen más facilidad para llegar a las verdades esenciales del ser humano.

Muchas veces a los que nos crea un problema es a los padres, porque no vivimos de acuerdo con la verdad de que después de esta vida hay otra.

Se les quiere ocultar a los hijos la verdad sobre el destino del hombre y lo único que se consigue es hacerles daño a ellos y, de paso a nosotros.

La educación en los momentos duros de la vida es muy importante,   nuestros hijos deben saber y nosotros demostrarles que no todo es color de rosa, y que habrá situaciones dolorosas y tristes.

Como padres debemos de aprender a hablar de la muerte con naturalidad desde que nuestros hijos son pequeños.   Recordemos que lo único que tenemos seguro en nuestra vida todos los seres humanos es que vamos a morir.

Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com.   Facebook:  Lucia Legorreta

Infidelidad financiera
Infidelidad financiera

¿Eres infiel financieramente hablando? Si estás casada o vives con alguien ¿le mientes a tu pareja sobre lo que realmente te costó el vestido nuevo? o al pagar el supermercado ¿escribes el cheque por un monto mayor para recibir el cambio en efectivo y dices que gastaste todo?, ¿tienes alguna tarjeta de crédito o débito, o quizá una cuenta de ahorro, cuya existencia desconoce tu pareja?

Este tipo de conductas son más comunes de lo que imaginamos. Según un estudio aplicado en los Estados Unidos, la mitad de las parejas, en ese país, esconden al otro su verdadera situación económica y financiera. Incluso un 82% de los encuestados ha ocultado, alguna vez, alguna compra a su pareja.

Cuando un hombre y una mujer se casan, usualmente resienten perder su autonomía, en cuanto a la forma de gastar su dinero, ya que llevan años satisfaciendo sus propias necesidades y gustos sin necesidad de dar explicaciones. Sin embargo, una vez casados, la situación es distinta.

A lo largo de nuestra vida de matrimonio, hay ciertos eventos financieros o etapas de transición que son un gatillo en la relación. Es importante reconocer estos eventos y no ignorarlos o negarlos, ya que pueden ser causa de un rompimiento, pero si se manejan correctamente representan una oportunidad de crecer y mejorar el nivel de comunicación, confianza y seguridad en la relación. Estos son:

  • Comprometerse o vivir juntos, que puede llevar consigo: un acuerdo prenupcial, forma de manejar el dinero y las aportaciones de cada uno.
  • Casarse, que puede implicar los gastos de: boda, luna de miel, o del inicio de una vida en pareja.
  • Nacimiento del primer hijo, que son los gastos de: embarazo, parto y del nuevo bebé. También el pensar si ella dejará su empleo o regresará a trabajar.
  • Perder el empleo: en ambos integrantes y que impacta tanto en lo emocional como en lo financiero.
  • Crisis de la mediana edad: cuando alguno o los dos deben retirarse.
  • Una enfermedad o una situación crónica: ya sea en los cónyuges, hijos o algún familiar cercano.
  • Divorcio: además del efecto emocional, tiene un precio económico.
  • Padres ancianos: cuando deben hacerse cargo de ellos.

Uno de los puntos más importantes para establecer una relación duradera es hablar abierta y francamente con la pareja de temas financieros. De aquí la importancia de establecer citas de dinero, en las cuales se hable del ingreso de ambos, de cómo piensan gastarlo y ahorrarlo, y ¿por qué no?, en establecer para cada uno una cantidad para gastos personales.

 En su libro Financial Infidelity, Bonnie Eaker Weil, relaciona la actitud que, tanto un hombre como una mujer, tiene hacia el dinero, con la forma de expresar sus afectos y sentimientos. Así, distingue varias personalidades:

  • El avaro: guarda el dinero sólo para él, esperando que su pareja realice los gastos fuertes. Desea tener grandes cantidades de dinero. Estas personas no son afectuosas, no muestran sus sentimientos y hablan poco.
  • El controlador: controla el gasto llevando cuentas exactas del ingreso y el egreso. Esto daña mucho la relación y, en la parte emocional, se controlan tanto que se quedan solos.
  • El impulsivo despilfarrador: no puede controlar sus gastos ni sus deudas, tampoco tiene control de sus impulsos emocionales; es irresponsable con las tarjetas y cambia de humor bruscamente.
  • El que esconde y espía: no se sabe si tiene dinero, esconde las cuentas y lo que compra. Emocionalmente son personas reprimidas y pasivo-agresivas.
  • El que se sabotea: tiene deudas fuertes, pierde el trabajo o lleva a la ruina su negocio. Provoca crisis en las relaciones y le cuesta trabajo tener intimidad.
  • La persona abierta y segura: no le da miedo hablar de dinero.

Lo anterior me lleva a reflexionar que los problemas que se tiene, como pareja, en relación al dinero, son sólo un síntoma de lo que realmente está sucediendo en nuestra relación.

Y es que lo importante de la infidelidad financiera no es el costo del dinero, sino las razones de fondo por las cuales no le tenemos plena confianza a nuestro esposo, o bien, nosotras mismas no somos lo suficientemente confiables. Esta situación, con el paso de los años, puede volverse cada vez más dañina y llegar a enfermar una buena relación si no se habla a tiempo.

¡Nunca es tarde para hacer algo! No permitamos que el dinero nos aleje o separe y recuerda que:

“No se puede mantener viva la llama del amor, sin confianza ni esperanza” (Pacoyo).

Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com. Facebook:  Lucia Legorreta

¿Qué tanto nos ayudamos los mexicanos?
¿Qué tanto nos ayudamos los mexicanos?

Siempre he pensado y he tratado de vivir con la convicción de que ayudar a los demás no es un mérito sino una responsabilidad.   Hemos nacido en un país maravilloso:  con grandes bellezas y oportunidades, pero también con una gran desigualdad social, ante la cual no podemos cerrar los ojos y menos dejar de hacer algo.

¿Qué tanto nos ayudamos los mexicanos unos a otros?, ¿qué tanta conciencia tenemos de la responsabilidad social hacia aquellos que tienen menos que nosotros? .   No me cabe la menor duda de que cuando se han presentado enormes desastres naturales: temblores, inundaciones, huracanes,  la ayuda incondicional de los mexicanos surge de inmediato.

Sin embargo, en el día a día, ¿qué tan solidarios somos?, ¿qué tanto de nuestro tiempo, dinero y esfuerzo se destina a los más necesitados?

Para muestra haré referencia a una investigación realizada en nuestro país y publicada en el libro México solidario,   la cual cuantificó el número de voluntarios, personas solidarias y las horas que trabajan;  así como las características y motivaciones principales que llevan a esos hombres y mujeres a apoyar a otros, participando ya sea en organizaciones de la sociedad civil o bien en forma individual.

En México se cree que quienes aportan más trabajo voluntario son personas de ingresos medios y altos con una situación relativamente holgada.   Esto fue desmentido en el estudio, ya que las personas de los diferentes sectores del país colaboran por igual en acciones solidarias, independientemente de su capacidad económica;  asimismo, los de menor escolaridad aportan más tiempo y esfuerzo que los que tienen más estudios.

Las acciones solidarias que prefieren los mexicanos son a favor de la iglesia, la escuela y los vecinos;  ofreciendo en primer lugar trabajo físico, seguido por actividades de enseñanza y al final recolección de fondos.    Quienes pertenecen a un credo religioso se inclinan un poco más a la realización de acciones solidarias.

Es interesante saber que este tipo de actividades se efectúan mayormente fuera de las instituciones o grupos organizados;  es decir, la mayoría de la ayuda hacia los demás es de forma individual o en grupos informales.

Ahora bien,  el tiempo dedicado al trabajo voluntario varía de persona a persona.   Existen los llamados voluntarios intensos que se calcula es el 8% de los mexicanos, trabajan todos los días en este tipo de actividades dedicando aproximadamente la mitad de su tiempo a ayudar a otros.

Los voluntarios típicos que tienen una dedicación constante a las actividades solidarias, que va de dos o tres veces por semana a una vez cada quince días, que representa un 9% de su tiempo.

Por último, el tercer perfil de los actores solidarios corresponde a aquellos a los que se nombra infrecuentes o esporádicos, que dedican a estas labores desde una vez por mes a varias veces al año.   Aproximadamente 1.7 días laborales anuales.

En resumen, el promedio de días por mexicano que se dedica a realizar alguna actividad filantrópica es de 27 al año, que también es lo equivalente a 2.2 días por mes, y si extendemos esa cantidad al 40% de toda la población mexicana mayor de 18 años, tendríamos que aproximadamente 23 millones de personas estarían aportando cada una un promedio de 2.2 días labores por mes.

¿Es suficiente?   En lo personal me parece que el tiempo por mexicano en apoyo de otros es muy poco, partiendo de la base de los 112 millones de mexicanos que somos.     Como mencioné al principio, no es mérito ayudar a otros para ponernos una palomita y calmar nuestra conciencia, es toda una responsabilidad social hacia aquellas personas que no hicieron nada diferente a nosotras, y que sin embargo tienen menos que el resto.

La actividad y el trabajo voluntario tienen implicaciones profundas para la sociedad mexicana.   Favorece la construcción de lazos de amistad, conocimiento de otras personas y situaciones, la experiencia de la generosidad y la reciprocidad, la adquisición de nuevas habilidades, experiencias de trabajo, además de la satisfacción personal y el gusto de percibido tanto en lo individual como en lo grupal.

¿Cómo ayudar entonces?   Con las cualidades, tiempo y circunstancias que tengas en este momento.  Los campos son muchos:  niños, ancianos, discapacitados, enfermos, personas solas, adicciones y otras, que necesitan de un poco de tu tiempo, de tu cariño, de tu compañía.  La ayuda no solo es asunto de dinero.

Te invito a reflexionar:   si en vez de ser 23 millones de mexicanos lo que ayudan a los demás, logramos ser el doble o hasta el triple,  definitivamente México cambiaría y sería mejor.  Pongamos un granito de arena cada uno, ya que los más beneficiados al darnos a los demás seremos nosotros mismos.

Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com.   Facebook:  Lucia Legorreta

Niños excesivamente hostiles y enojones
Niños excesivamente hostiles y enojones

Llamó mi atención y más bien me preocupé, cuando me enteré que aproximadamente nueve millones de menores en nuestro país padecen algún tipo de problema de comportamiento hasta llegar a ser excesivamente hostiles y enojones.

Mayor fue mi sorpresa al saber que estas conductas extremas están diagnosticadas hace muchos años con el nombre de Trastorno Desafiante Oposicionista (TDO) y que en los últimos años han llamado la atención de terapeutas infantiles por el incremento que están presentando.

¿En qué consiste el TDO o también llamado TND (Trastorno Negativista Desafiante)? Los niños al cumplir los dos o tres años suelen mostrar un comportamiento caracterizado por su terquedad, oposición a los padres y maestros, que suele ser más evidente en la adolescencia. Esto es algo normal en niños de esta edad;  sin embargo, cuando estos síntomas se hacen más frecuentes, repetitivos y se convierten en un comportamiento agresivo hacia los demás, influyendo en su vida escolar, social y académica, se convierten en un trastorno de la conducta.

Este se caracteriza, por lo tanto, por un enfrentamiento continuo con los adultos y con todas aquellas personas que tengan algún rasgo de autoridad, en especial dentro de la familia y de la escuela.  Como se dijo, suele aparecer en el niño entre los dos y tres años, como una manifestación de oposición y desafío, aunque será a partir de los siete años cuando se manifieste el trastorno como tal.

Seguramente es común que escuches de tu hijo: ¿Y por qué te voy a hacer caso, ¿por qué tengo que levantar mi cuarto?, “¡no lo voy a hacer! o dile a mi hermano que ¡él lo haga!; esto es normal, sin embargo hay signos que expresan la existencia de un problema serio.

Para saber si tu hijo o hija lo presenta, te comparto los criterios de diagnóstico que establece el DSM-IV TR de Medicina (Manual de Diagnóstico en Psiquiatría), los cuales deben manifestarse por lo menos seis meses, realizando cuatro o más de los siguientes comportamientos:

  1. Se encoleriza e irrumpe en pataletas.
  2. Discute con adultos.
  3. Desafía activamente a los adultos o rehúsa cumplir sus demandas.
  4. Molesta deliberadamente a otras personas.
  5. Acusa a otros de sus errores o mal comportamiento.
  6. Es susceptible o fácilmente molestado por otros.
  7. Se muestra colérico y resentido.
  8. Se muestra rencoroso o vengativo.

Es difícil pensar en niños tan pequeños con estas manifestaciones, pero es real. De acuerdo con el psicoterapeuta infantil Mtro. Carlos Becerra Rebelo: si bien el TDO es multifactorial, se ha observado que los pacientes provienen de hogares en los que hay un déficit o lagunas en el establecimiento de límites claros y congruentes. Incluso la mayoría de los niños con TDO tienen problemas emocionales como ansiedad y estrés.

Como papás, en primer lugar debemos de aceptar que nuestro hijo no sólo es un poco berrinchudo o consentido, sino que realmente tiene un problema que requiere atención inmediata.

Sobre esto, otro especialista de nombre Russell A. Barkley sugiere algunas acciones a los padres como parte de su programa Defiant Children. Estas son:

  • Las consecuencias deben ser inmediatas.
  • No esperar que repita una mala conducta para dar una respuesta.
  • Atender a las conductas positivas para dar un refuerzo inmediato.
  • Cuanto más inmediata sea la consecuencia de una conducta, más eficacia tendrá como intervención que favorece el control.
  • Las consecuencias deben ser específicas.
  • Tanto el premio como el castigo deben estar dirigidos a una conducta específica, nunca a aspectos generales.
  • El castigo debe ser proporcionado a la transgresión, no al grado de impaciencia o frustración que haya generado en los padres.
  • Las consecuencias deben ser constantes.
  • Independientemente del entorno, la consecuencia debe ser la misma.
  • Si una conducta se ha considerado intolerable un día, también debe recibir la misma consideración otro día.
  • Tanto el padre como la madre deben dar la misma respuesta.

Como podemos observar, varias de estas acciones tienen que ver con situaciones en las cuales como mamás somos demasiado consentidoras y permisivas, ya sea por evitar conflictos, o bien por estar estresadas, o simplemente demasiado cansadas.

Pero pensemos que si de pequeños son enojones y hostiles, ¿Qué les espera cuando sean mayores? Estos niños se convierten muy pronto en adolescentes y adultos que no pueden relacionarse con los demás,  que fácilmente caen en alguna adicción principalmente el alcohol y las drogas; presentan embarazos prematuros, autoestima baja, tendencia a la depresión y una muy escasa tolerancia a la frustración.

¿Queremos que nuestros hijos se conviertan en este tipo de adultos?

Es momento de establecer límites, de educar con disciplina que, además, no se opone a educar con amor.   No permitamos que trastornos como el TDO dominen la vida de nuestros hijos y de nuestra familia.

A un grupo de papás de adolescentes, les preguntaron qué aconsejarían a padres de niños menores y simplemente contestaron: haber empezado antes.

¿Qué te parece?

Autor: Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer.

cervantes.lucia@gmail.com  

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Facebook:  Lucia Legorreta

Reactivar la economía o salvaguardar la salud: un falso dilema
Reactivar la economía o salvaguardar la salud: un falso dilema

Dra. Marieli de los Rios Uriarte
Profesora de la Facultad de Bioética
Universidad Anáhuac México

El dilema al que nos enfrentamos como sociedad y como país en estos momentos acerca del gradual regreso a la “nueva normalidad” presenta la será dificultad de considerar reabrir los comercios y los locales a costa ¿de salvaguardar la vida y la salud de las personas; ¿sin embargo, necesariamente tiene que ser una u otra?

El valor de una vida, del que hablo aquí, no es numérico ni cotiza en el mercado si no en la esencia misma de cada persona. La dignidad es, precisamente, el valor intrínseco de todo ser humano que no queda sujeto ni a su reconocimiento por parte de otros ni a las características físicas que manifiestan a la persona frente a los demás. Así, podemos decir que hay dos niveles en toda persona: en primer lugar, uno que llamaré ontológico aludiendo al sentido filosófico de la palabra, es decir, que se sitúa en un plano independiente de lo material y de lo físicamente visible y que le confiere un valor insustituible e inalterable compartido por todos sólo por el hecho de ser personas y, en segundo lugar, un nivel que denominaré axiológico refiriéndome, igualmente, al sentido filosófico de la palabra que remite a la raíz etimológica  “axios” que significa “valor” y, por ende, aquí se pueden atribuir valores que recaen sobre las acciones de las personas. Así, mientras que en el nivel ontológico todos poseemos un valor que es la dignidad y éste no puede ser ni más ni menos, ni se gana ni se pierde si no que permanece siempre con total independencia de lo que se piense de tal o cual persona o de su comportamiento, el nivel axiológico admite gradación, por ello, permite ejercer un juicio sobre las acciones, comportamientos, hábitos, etc, de las personas que pueden ser catalogados como buenos o malos según determinados parámetros.

Con esto, podemos afirmar que todos somos igual de dignos como personas, pero las acciones de cada cual son mejores o peores, buenas o malas; puedo decir que somos dignos pero nuestras acciones pueden no serlo de igual modo. Es, pues, nuestra dignidad donde descansa nuestra vida.

Con lo anterior, si analizamos el debate entre economía o vida nos daremos cuenta que si bien la economía favorece el despliegue de las dimensiones humanas y constituye una actividad importante para las personas, ésta debe, necesariamente, descansar sobre el nivel ontológico de tal suerte que la dignidad es la piedra angular de la economía y ésta tiene su más profundo sentido de ser gracias a la primera.

De nada sirve tener una economía abierta y reactivándose si con ello se van perdiendo vidas humanas que no van a poderse recuperar ni siquiera con una economía fortalecida y en crecimiento. Sin embargo, también es cierto que, de no abrir el mercado, las personas caen en ámbitos de necesidad que pueden, también, afectar su vida. Por ello, en realidad el debate entre estas dos nociones, economía y vida/dignidad, es un falso debate pues no se trata de elegir una u otra si no de hacerlas converger armónica y ordenadamente para que la dignidad se conserve y defienda como anclaje fundamental de la actividad económica.

Se puede y se debe pensar en estrategias de seguridad que salvaguarden la vida e integridad de las personas y que promuevan, al mismo tiempo, una economía que permita condiciones de vida dignas para todos. Abrir los comercios sólo con el fin de reactivar la economía olvidándose de la vida y dignidad de las personas es un acto genocida; por ello, no se trata de elegir una u otra si no de ser lo suficientemente creativos para encontrar maneras de proteger la dignidad humana y, con ello, procurar una economía en recuperación.

El estudio más largo sobre la felicidad
El estudio más largo sobre la felicidad

Me gustaría platicarte del estudio más largo que se ha llevado a cabo en el tema de la felicidad.   Se trata del estudio Grant llevado a cabo como parte de la investigación en Desarrollo Adulto de la Escuela de Medicina en la Universidad de Harvard en los Estados Unidos.

¿En qué consiste?    Por 75 años se le ha dado seguimiento a la vida de 754 hombres, año tras año, preguntándoles sobre su trabajo, vida familiar, su salud, y por supuesto sin saber que iba a suceder con sus vidas.

Este tipo de estudios son muy raros, ya que la mayoría de ellos se terminan en unos diez años, las personas que los iniciaron dejan de investigar, cambian de dirección o fallecen; el dinero se termina y con este la información.

En este caso, la suerte y la perseverancia de los investigadores a través de varias generaciones ha hecho que el estudio sobreviva y arroje resultados.   Han sido cuatro los directores del estudio y se está empezando a estudiar a más de 2,000 hijos y nietos de estos hombres.

Inicio en el año del 1938 siguiendo la vida de dos grupos de hombres: un 40% fueron estudiantes universitarios de Harvard que estaban terminando su carrera, y el 60% restante provino de niños entre 12 y 16 años de edad provenientes de suburbios muy pobres, con familias en desventaja y de escasos recursos.

Al iniciar el estudio hace 75 años se les hicieron exámenes médicos, se les entrevistó a ellos y a sus padres y cada dos años se les volvió a contactar:    escaneando sus cerebros, realizándoles pruebas de sangre, hablando con sus esposas e hijos acerca de sus inquietudes y logros.

Actualmente están vivos el 60% de estos hombres y los mayores tienen poco más de 92 años.

Después de catalogar y analizar miles y miles de hojas con la información recabado durante estos años, los resultados obtenidos no han tenido que ver con dinero, fama o trabajo duro.

Lo más increíble es el mensaje publicado y que se resume en tres grandes lecciones:

  1. RELACIONES CERCANAS: los hombres de ambos grupos que reportaron estar más cerca de su familia, amigos o comunidad, tienen una vida más feliz y saludable que los otros.

También han vivido más tiempo en comparación a aquellos que reportaban sentirse solos.

La experiencia de vivir o sentirse solo ha resultado ser tóxica.   Las personas que están más solitarias de lo que les gustaría estar son menos felices, su salud se deteriora en la vida de adultez media, el funcionamiento de su cerebro disminuye y viven menos años.

Y lo más triste es que muchas personas, aunque viven en familia o comunidad, dicen sentirse solas. Puedes sentirte solo-a en una multitud o en un matrimonio.

  1. Segunda lección: calidad y no cantidad de relaciones. No depende el número de amigos que tienes, tampoco si estás o no comprometido en una relación, lo que cuenta es la “calidad” de esa relación.

Por ejemplo:  se ha demostrado que vivir en un constante conflicto en la familia o en el matrimonio es dañino para la salud, hasta más que el divorcio o la separación. Al vivir en relaciones cálidas y en armonía, surge en sentimiento de pertenencia.

Para los jóvenes de 20 años el número de relaciones amistosas o amorosas es importante, pero después de los 30 años lo que realmente importa es la calidad de estas relaciones.

  1. Y la tercera gran lección que ha resultado de este estudio acerca de las relaciones y el bienestar de la persona, es que no solo protege al cuerpo, sino que protege también al cerebro.

Sucede que, al estar en una relación segura y cercana con otra persona a la edad de 80 años, ambos se sienten protegidos, saben que cuentan con la otra persona en momentos difíciles, y por lo tanto su memoria se mantiene activa por más tiempo.

Por el contrario, las personas que llegan a los ochenta años sin contar con una relación cercana, (no tiene que ser amorosa), experimentan un declive en su memoria.

Y no significa que estas relaciones tengan que ser cordiales en todo momento, se pueden experimentar discusiones y roces entre las personas, pero de base saben que cuentan unos con otros.

¿Por qué si parece tan sencillo no lo hacemos?   Porque somos humanos y nos complicamos la vida.

Te invito a que reflexiones sobre esto,  lo que realmente vale en la vida no cuesta dinero y es muy sencillo.

Resultado de este estudio de 75 años:  “BUENAS RELACIONES NOS MANTIENEN MÁS FELICES Y SALUDABLES. PUNTO” 

¿Qué te parece?

Autor: Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com.   Facebook:  Lucia Legorreta

Comunicación en el matrimonio y la pandemia
Comunicación en el matrimonio y la pandemia

De un día para otro nuestra vida cambió, se detuvo; un virus contagioso que parecía lejano y que surgió en China se fue acercando hasta llegar a nuestro país, a nuestra casa.

Llevamos más de dos meses sin salir de casa: ¿Qué ha sucedido con la relación de pareja? ¿Se ha visto afectada? Reflexionemos sobre este tema.

Llevo casada casi 39 años, tengo un buen matrimonio, con las dificultades normales de una relación. Sin embargo, la convivencia diaria con mi esposo, al igual que la de gran cantidad de matrimonios es mucho más intensa desde que inició la pandemia, de solo algunas horas, ahora son las veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

Esta realidad, nos ha planteado tanto retos como oportunidades para que la relación se fortaleza y mejore.

Comparto algunos consejos que pueden ayudarles como matrimonio en estos momentos:

  • Organizar tareas y actividades del hogar: en forma equitativa, que todos colaboren para que no recaiga en una sola persona. Esto ayudará a establecer una rutina en la familia.
  • Reorganizar el tiempo y las actividades con los hijos: clases en línea, tiempo ante las pantallas, diversiones, tiempo libre.
  • Horario de trabajo y espacio de ambos: ponerse de acuerdo para que cada uno realice sus actividades de trabajo en un espacio adecuado; contar con una hora de inicio y fin para llevarlas a cabo. Son importantes las actividades que tiene cada uno y deben respetarse.
  • Vida social individual: no sentirse mal si nuestra pareja realiza llamadas, envía mensajes o se conecta con su familia o amigos. Lo podemos hacer juntos o separados.
  • Romper con la monotonía: constantemente nos quejamos de la falta de tiempo. Mejor aprovecharlo ahora que lo tenemos: cocinar, leer, ver buenas películas, juegos de mesa, arreglar la casa, disfrutar de recuerdos familiares, entre otras muchas posibilidades.
  • Tiempo para hablar: vernos a los ojos para compartir pensamientos y sentimientos, siempre con sentido del humor, respeto y prudencia.
  • Selección de lo que vemos y escuchamos: estamos sobre informados, por lo que tenemos que elegir el tiempo y la calidad de las noticias que queremos recibir.
  • Crear momentos de intimidad: planear una cena, elegir una buena película, bailar juntos, fomentar encuentros sexuales.
  • Saber decir lo que te molesta: es mejor decir las cosas con las cuales no estamos de acuerdo, antes de que se acumulen y exploten. Siempre con respeto y considerando las circunstancias adecuadas.
  • Verse bien: es muy importante la imagen personal, bañarse, arreglarse, pintarse para agradar al otro.
  • Controlar los enojos: la convivencia intensa que estamos viviendo puede generar discusiones y pleitos muy fácilmente. No conviene pelear por tonterías y mejor analizar la importancia de nuestras diferencias.
  • Solución de conflictos: saber identificar el problema, analizarlo y ver las posibles soluciones a implementar. Para que un conflicto termine se necesita de dos personas.
  • Empatía: ¿qué siente el otro?, ¿qué le está sucediendo?, ¿qué emociones está experimentando?
  • Ver lo positivo: reflexionar sobre cuales son nuestras bendiciones: salud, familia, trabajo, amigos y escribirlas.
  • Rezar juntos, teniendo fe en que esto terminará y que saldremos beneficiados.
  • Pensar en los posibles escenarios: ¿qué hacer si nuestros hijos entran a la escuela más tarde de lo planeado?, ¿qué hacer si el trabajo en casa continúa?, entre otras preguntas.   No ser alarmistas, pero si ser realistas y aceptar que puede suceder.
  • Planear para cuando esto termine: ¿qué quiero cambiar personalmente?, ¿cómo pareja?, ¿cómo familia?

Cuida mucho tu matrimonio en estos momentos y no permites que la relación se deteriore y mucho menos que el amor disminuya.

Autor: Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com.   Facebook:  Lucia Legorreta

Quien sabe perdonar…es más feliz
Quien sabe perdonar…es más feliz

Ahora que he investigado y estudiado sobre lo que hace que una persona sea más feliz que otra, me he encontrado con la importancia de saber perdonar.

Quiero que pienses en este momento en alguna persona que te ha hecho algún daño o herido, y contesta honestamente que actitud tienes hacia él o ella:

  • ¿Quiero que pague por lo que me hizo?
  • ¿Me mantengo tan alejado como es posible de ella?
  • Me gustaría que algo malo le sucediera
  • Vivo como si esa persona no existiera
  • No confío más en ella
  • Quiero que la vida le de lo que merece
  • Me cuesta mucho trabajo ser amable con ella
  • La evito
  • Voy a vengarme de ella
  • Ya no tengo ningún tipo de relación
  • Quiero verla dañada o miserable
  • Me alejo de ella

Si la mayoría de tus respuestas fueron afirmativas, quiero decirte con tristeza que eres alguien que no sabe perdonar.

Que estás lleno de rencores y resentimientos,  que vuelves a sentir eso que te hicieron hace poco o mucho tiempo, que no lo has olvidado.   Y sabes lo más importante:   ¡que el más afectado eres tu mismo!

El perdón es vivir el presente sin rencores ni resentimientos,  es vivir con amor;  es liberarte de esa atadura negativa hacia otra persona, es el mejor regalo que puedes darte a ti mismo.

Y vamos a ver el porque:

Los estudios científicos demuestran que al no perdonar tu salud física y mental se ve afectada, empiezas a enfermarte tanto por dentro como por fuera.

Las personas que saben perdonar viven más tiempo y tienen mejores relaciones con los demás.

En la comunidad:  familia, escuelas, colonias y ciudades, tenemos que fomentar mucho más el perdón entre unos y otros.  Esto nos permitirá vivir en armonía y paz.

Y el resultado:   las personas que han sabido perdonarse a si mismas o a alguien más son en definitiva más felices.

No sabes como hacerlo,  te sugiero tres ejercicios muy sencillos:

  1. Antes de hacer el ejercicio de perdonar a otra persona, piensa un instante en un momento en el cual TU hayas sido perdonado. Recuerda el momento en que le hiciste daño a alguien más (con tu pareja, amigo o familiar).   Si alguno de estos te perdono:   ¿como te lo comunicaron?  ¿Cuál fue tu respuesta?  ¿Porque lo hizo? ¿Le ayudó a esa persona el perdonarte? ¿Mejoró su relación?

Esto podrá ayudarte para que reflexiones en la importancia de saber perdonar, y te puedas pensar en como hacerlo.

  1. Imagina el perdonar: identifica a una persona que piensas que te ha ofendido. Después haz un ejercicio de imaginación en donde te acercas y empatizas con ella para ofrecerle tu perdón. Que le dirías,  ¿que emociones se despiertan en ti?  ¿Cuáles serían tus expresiones faciales?   ¿Que sentiría tu cuerpo?
  2. Carta de perdón: intenta que todo tu enojo, rabia y demás sentimientos salgan y escríbelo en una carta. ¡Por favor !no la envíes!

Piensa en todas aquellas personas que te han hecho daño en tu vida, que te han lastimado y que nunca has perdonado.

¿Piensa si estas experiencias, y el no haber perdonado valen la pena?    ¿Si te está impidiendo ser más feliz y vivir más tranquilo?

Si la respuesta es que si,  es mejor que empieces a trabajar y perdones a esa persona:  describe a detalle la ofensa que te hicieron, en que te afecto, de que otra manera de gustaría que la persona hubiese actuado y termina con una afirmación de que la entiendes y la perdonas.    Recuerda:  la carta no se envía.

Son tres ejercicios muy sencillos, pero profundos e importantes, trata de hacer alguno de ello.  ¡Te invito el día de hoy a ya no cavilar más,  a no seguirle dando vueltas a las cosas que te hicieron o dejaron de hacer!

La vida es corta y el tiempo pasa rápido, y si de algo no te vas a arrepentir nunca, es el haber perdonado a otra persona que consciente o inconscientemente te ha lastimado.

Recuerda, solo se necesita una persona para perdonar, cuando son dos se llama reconciliación.

Hoy lo puedes hacer, y sin duda alguna serás más feliz.

Autor: Lucía Legorreta de Cervantes / Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com.   Facebook: Lucia Legorreta

Pensamientos desde mi Ermita Polanco C19 En tiempos del Coronavirus…
Pensamientos desde mi Ermita Polanco C19 En tiempos del Coronavirus…

Colonia Polanco, Ciudad de México, 28 de marzo de 2020

Queridos amigos, amigas y familiares de México y del extranjero, os hago llegar algunas reflexiones personales en el confinamiento de mi casa, mi “ermita Polanco C19”, en este tiempo de Coronavirus (COVID 19, C19), donde estoy con mi esposa y nuestra hija.

En primer lugar, quiero recordar a Antonia M. Q., magnífica mujer, tía y madrina de mi esposa, que ha fallecido hoy en Barcelona por el Coronavirus. Descanse en paz. Finalmente, si queréis reenviar mis reflexiones a alguien a quien le pueda interesar, podéis hacerlo con libertad.

Ahí van algunos pensamientos:

  1. Nos equivocamos al creer que dominábamos la naturaleza. Desde el siglo XIX, el hombre se autoendiosó pensando que lo dominaba todo. Rechazó a Dios (A. Comte, L. Feuerbach, K. Marx, F. Nietzsche, S. Freud) y se erigió en ser todopoderoso, por encima del cual no había nada. Son muchos los que desde entonces nos han dicho que eso no es cierto, que somos criaturas, no creadores, que no somos dios, pero apenas se les ha escuchado (G. Fessard, K. Barth, J. Ellul). Sin duda, uno de los grandes logros de la Modernidad ha sido la autonomía (I. Kant), nuestra mayoría de edad, esto es, saber que podemos regirnos por nosotros mismos sin esperar a averiguar lo que debemos hacer en textos sagrados, pero el gran error ha sido creer que ya no teníamos Padre. Seguimos siendo hijos. La vida sigue siendo un don inmerecido. La naturaleza sigue siendo un regalo que se nos ha dado, no una máquina que controlamos a la perfección. El C19 nos recuerda que no tenemos un poder absoluto sobre la naturaleza. Un minúsculo virus está acabando con la vida de muchas personas (poderosas o no), resquebrajando el sistema sanitario (público y privado), haciendo caer las bolsas, dejando los aviones en tierra, posponiendo la Eurocopa y los Juegos Olímpicos, cerrando los parlamentos, vaciando las calles, cerrando colegios y universidades, cines, teatros y centros comerciales.

 

  1. Somos una sola humanidad. Nunca dejará de sorprenderme cómo nos identificamos más con colectividades que con nuestra condición humana. Moriré sin haberlo entendido. Es obvio que todos formamos parte de una sola humanidad, y sin embargo lo que vertebra nuestra vida es una colectividad, o varias: “los progresistas”, “las feministas”, “los americanos”, “los judíos”, “los musulmanes”, “los ecologistas”, “los soberanistas”… La lista es larguísima. Nos sentimos arropados en nuestro colectivo y miramos con desprecio o con odio a otros colectivos. El nuestro tiene la razón; los otros se equivocan. Nos ponemos las gafas de nuestro colectivo y lo miramos todo, sin excepción, a través de esa lente, con lo cual no hacemos sino confirmar una y otra vez lo que ya creíamos, y así nuestro pensamiento no avanza.  En realidad, somos una sola humanidad. Es mucho más profundo y radical lo que nos une que lo que nos separa. En tiempos de bonanza, tendemos a olvidarlo; en tiempos de pandemia, recuperamos esa identidad humana que habíamos olvidado porque la dábamos por supuesta.

 

  1. Ante la muerte, todos somos iguales, porque ya lo éramos en vida. La muerte no es sino la fotografía de la vida, decía Karl Rahner, no sé si tomando ese pensamiento de otro autor, quizás de M. Heidegger, lo ignoro. Cuando miramos la realidad humana, en seguida se nos hace patente la desigualdad, que ha existido en muchos siglos de la historia humana y que hoy es más evidente y dramática que nunca. Poco tiene que ver el rico de Beverly Hills con el pobre del Chad; poco tiene que ver mi ermita C19 en la colonia Polanco con la condición en la que están hoy muchos mexicanos en el Estado de México, para los que no lo saben, la periferia de Ciudad de México. Sin embargo, somos iguales. Ricos y pobres murieron en la I Guerra Mundial, en la II Guerra Mundial, en la guerra de Vietnam, en la guerra del Golfo, en la Peste, en la Gripe Española, en la crisis del Sida y ahora en la crisis del C19. Sin duda, los ricos tienen, tenemos, muchos mecanismos de autoprotección que no tienen los pobres, pero al final la muerte acaba llamándonos a todos, y nos llama por nuestro nombre, no por nuestros títulos ni por nuestras cuentas bancarias, como en los entierros de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, en la Edad Media y también siglo después. Por ello, la muerte, que forma parte de la vida, nos une.

 

  1. El pensamiento único está desapareciendo. La Globalización, desde los años 90, había creado la ficción de que había un solo modo de vida y una sola forma de pensar: el American way of life, en versiones distintas en función de la latitud. Unos lo aceptaban abiertamente, “los neoliberales”, y otros decían criticarlo, pero en realidad lo imitaban con su vida, “los progresistas” o “los antisistema”. Mirad cómo viven Felipe González, Daniel Ortega o Pablo Iglesias. En ese único modo de vida supuestamente digno, la felicidad consistía en tener mucho dinero, vivir confortablemente, tener buena fama, viajar mucho, tener tecnología punta, poder llevar a los hijos a las mejores universidades de Estados Unidos, Inglaterra o Canadá, consumir mucho Internet, obtenerlo todo ya ahora, un modo de vida donde el tiempo y el espacio tendían a cero, como bien analizan Bjung-Chul Han y Hartmut Rosa, autores que conozco gracias a mi buen amigo Albert Florensa. La crisis del C19 nos está mostrando que es posible otro modo de vida. No cabe duda de que estar encerrados en casa con los abuelos y los niños pequeños no es precisamente el paraíso, por razones psicológicas. Somos humanos. Necesitamos salir, movernos, respirar, y eso está muy complicado ahora. Sin embargo, el C19 nos ha mostrado otras dimensiones de la vida que teníamos adormecidas: la creatividad, la pasividad, la solidaridad (aunque sea a distancia), la comunicación de lo negativo (y no solo de lo positivo, como se suele hacer en la redes) (como decía mi maestro Fernando Manresa, S.J., cuando yo, de joven, estaba en plena crisis, con mis ojos humedecidos: “compartir la negatividad nos une a los demás”), la contemplación, la reflexión. Aparte de las bromas simpáticas que corren estos días por las redes sobre el C19, hay también muchos mensajes de familiares y amigos que me hacen ver que el espíritu está aflorando por doquier. Estamos descubriendo que somos espiritualmente más ricos de lo que creíamos, y estamos descubriendo que se puede ser persona con otros modos de vida y con otros valores distintos a aquellos que creíamos únicos.

 

  1. Una pregunta importante: ¿qué puedo hacer ahora por los demás? No cabe duda de que en tiempo del C19 la primera pregunta que nos viene es: “¿cómo puedo protegerme a mí mismo, y a los míos más cercanos?”. Es normal. Hay que hacerlo, no solo por nosotros, sino también por los otros que se podrían contagiar a través de nosotros. No obstante, en seguida hay una segunda pregunta que debería aflorar a nuestro espíritu: “¿qué puedo hacer por los demás?”. Por ejemplo, somos muchos los que vamos a seguir cobrando el mismo salario (al menos, de momento) a pesar de la crisis del C19, porque seguiremos trabajando desde casa. Pero hay trabajos que no se cobran si no se realizan presencialmente. Echemos una mano económicamente a este colectivo. La señora que nos viene a limpiar la casa: digámosle que se quede en su casa, y sigamos pagándole lo mismo. Seguro que se os ocurren otras iniciativas. Esto es como el virus, pero en bueno. Si a cada uno se le ocurre apoyar a dos o tres personas, estamos salvados.

Continuaré, espero.

Autor: Dr. José Sols Lucía

Universidad Iberoamericana

De la resignación al abandono
De la resignación al abandono

Mucho he pensado en las últimas semanas tras experimentar durante 14 días el miedo a haber sido contagiada después de haber estado, en dos ocasiones, expuesta por contacto con personas que han dado positivo al COVID-19.

Después de experimentar la rabia primero y el pánico después, he empezado a asentar los sentimientos y a ubicarlos, a reconocer las mociones interiores y a nombrarlas pero también y, sobre todo, a ponerlas delante de Dios y orarlas.

El miedo ha sido mucho y con él, viene el deseo de, como diría San Ignacio con el mal espíritu, mostrarle mucha cara para ver si disminuye o, al menos, se amedrenta de la misma forma en que lo hace conmigo, la valentía y bravuconería ayudan, momentáneamente, a sentirme invencible y capaces de luchar contra quién sabe qué, quién sabe cómo. Pero esto viene de mi humanidad, de mi muy herido ego que se empeña en enfatizar mi autosuficiencia y grandeza. Aún no me había abierto a la gracia.

Seguido a esta primera etapa entro en un momento de resignación, en donde me doy cuenta de que ni mis 37 años han acumulado sabiduría ni astucia suficiente para luchar contra este virus, inmune a cualquier cura, tan camaleónico como para adherirse a superficies que a diario toco y con las que a diario mis pies tienen contacto, un virus incapaz de morirse y resistente a todo! Y a todos! Y así poco a poco voy experimentando la frustración y el sabor del fracaso, la sensación que carcome la otrora fuerza y resiliencia, y caigo en el mar de la tempestad donde reconozco que, haga lo que haga, sigo expuesta y que no hay medida suficiente para prevenirlo, que tarde o temprano todos estaremos enfermos sin importar las medidas que tomemos.

En este momento todo se ve oscuro y me siento hundir, sólo me queda esperar a que llegue, a que aparezca la fiebre y la dificultad para respirar, a que mis sueños se vengan abajo y mis ilusiones vuelen con el viento de la tarde, caigo en el aletargamiento que experimentan los que ven la batalla perdida y sólo aguardan la declaratoria final.

Sin embargo, a ratos mi fe se sobresalta, hace un intento por revivir y me recuerda que un hombre de 83 años, en la soledad y el silencio del dolor y de la muerte, se encamina hacia el altar, con la firmeza de quien está siendo impulsado por el Espíritu, no duda en seguir caminando bajo la lluvia y cuando resuena su palabra, no es él quien habla, hay alguien más y él sólo es su instrumento.

Sus palabras resuenen en el más absoluto silencio, palabras que declaran que no hay cabida al fracaso ni lugar para la desolación por que Jesús está en nuestra barca y confía en el Padre. Cada frase parece resurgir de las tinieblas, iluminar el cielo mientras su frágil figura se sumerge en la noche de Roma. Y ahí está, ahora ha aparecido la esperanza, el sabernos en la misma barca y con Jesús en la proa y algo se va abriendo en mí: sigo escuchando y experimento el pasar, poco y sutilmente, de la resignación al abandono.

Si la resignación me llevaba a la ausencia de esperanza, el abandono me abre a la dimensión de la fe donde todo es posible. La resignación no nos deja ver porque nos nubla e impone la trampa de la tentación de sentir la tempestad y creer que nos hundimos, de sacar a Jesús de nuestra barca y confiar en las fuerzas humanas más que en la gracia divina. En cambio, el abandono nos remite a la confianza y a la esperanza, a creer que estamos en las manos del más experimentado de los capitanes y que, aunque arrecie la tormenta y a ratos perdamos el rumbo, Él va con nosotros y no nos dejará naufragar.

Cierto, el abandono no quita el miedo pero nos permite experimentarlo distinto, no como miedo si no como temor porque reconocemos que la oscuridad, la lluvia y el silencio no tienen la última palabra. Con el abandono, la fragilidad se torna milagro y penetramos en el misterio de la Cruz. Un sufrimiento que pudo haber sido evitado y que, sin embargo, se vivió desde la convicción más íntima de sabernos hijos amados.

Así, mientras que veo como algunos pasan del miedo a la resignación, yo voy encontrándome con el abandono y quisiera que todos vivieran así: serenamente abandonados en las manos del Padre, porque la tempestad seguirá pero la tempestad interior cederá, sea cual sea nuestro destino, contraer el virus o no, será para la mayor gloria de Dios como lo fue la muerte y resurrección de Lázaro, mientras hay algunos que dudan como los judíos, como la misma Martha en su diálogo con Jesús, yo hoy decido creer y decido conservar la esperanza de que, con Él a nuestro lado, no hay cabida para el miedo ni para la desolación.

Autor: María Elizabeth de los Ríos Uriarte