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Etiqueta: Ética

Vacuna contra el COVID-19: ¿asumiremos el riesgo de acelerarla?
Vacuna contra el COVID-19: ¿asumiremos el riesgo de acelerarla?

Es evidente que todos, a nivel mundial, clamamos por que los científicos encuentren, lo antes posible, una vacuna que prevenga de contraer la enfermedad del siglo que tantos estragos ha provocado en la vida de los países. Sin embargo, la urgencia de detener los contagios nos puede llevar a cometer atrocidades de las que, después, nos podamos arrepentir.

A nivel ético y bioético, existe el principio de precaución que nos exhorta a que, ante acciones, tratamientos, terapias o cualquier intervención sobre la que no conozcamos sus efectos secundarios ni consecuencias, lo mejor es no realizarlas. De igual manera, existe otro principio que es el de proporcionalidad que consiste en medir los riesgos y los beneficios de una determinada acción y si los primeros no sobrepasan los segundos, entonces proceder a actuar.

Tomando en cuenta estos dos principios conviene preguntarnos si estaríamos dispuestos asumir los riesgos de comercializar una vacuna que lo mismo puede curar o dañar.

Consideremos que, el desarrollo de una vacuna, pasa por tres etapas:

  • De exploración: aquí se empiezan a descubrir los antígenos naturales o sintéticos que pueden servir para la fabricación de la vacuna.
  • Preclínica: estos antígenos se comienzan a probar en animales, generalmente ratones, para observar cuáles podrían ser algunas de las reacciones en humanos.
  • Clínica: esta etapa a su vez se subdivide en tres: a) fase I en donde se estudia la seguridad de la vacuna aplicándosela a un grupo no mayor a 100 personas sanas y que, por ende, no sean poblaciones de riesgo, b) fase II en donde se prueba la vacuna en un grupo mayor de personas y se introducen grupos placebo con la finalidad de comprobar si la vacuna es eficiente o no y c) fase III donde se aplica a un grupo mucho mayor de individuos con inclusión de grupos de riesgo y poblaciones vulnerables, esto para comprobar tanto la seguridad como la eficacia en poblaciones de riesgo y ver si se comporta igual que en poblaciones sanas.

Si queremos obtener un resultado de una vacuna que sea segura y que además provoque los anticuerpos precisos para combatir una infección por coronavirus, tendríamos que someternos a los tiempos de cumplimento de estas fases, que, normalmente duran entre 10 y 15 años. Provocar el adelanto de los resultados sólo por la urgencia de sacar la vacuna nos llevaría a saltarnos alguna de estas fases y arriesgar la vida de aquellos sujetos que decidieron contribuir a esta experimentación y hasta provocar daños irreparables con el comercio de la misma.

Hay que tener presente que, internacionalmente, existen documentos que regulan las investigaciones y experimentaciones con sujetos humanos para brindarles la máxima protección posible.. Basta recordar los experimentos cometidos con los presos en los campos de concentración Nazi por del Dr. Mengele que fueron verdaderos actos de terror o la triste historia del experimento de Tuskegee en Estados Unidos donde más de 600 sujetos fueron inoculados con sífilis con el propósito de observar la evolución normal de la enfermedad hasta la muerte de la persona.

Así las cosas, si por principio de precaución se debe proteger a la persona de actos que le provoquen un daño y por principio de proporcionalidad se le debe resguardar de aquellas acciones que produzcan más riesgos que beneficios, quizá sea más seguro por ahora y por los meses que están por venir, atenernos a las máximas indicaciones de seguridad y protección de contagios que presionar al gobierno de cada país y a los organismos internacionales a sacar una vacuna al mercado que, sabemos que, de no pasar por las fases y los tiempos establecidos, podrán producir otros efectos adversos que, pudieran, incluso, ser más mortales que el mismo coronavirus.

Autor: Dra. Marieli de los Rios Uriarte

Hacia una solidaridad universal
Hacia una solidaridad universal

Nadie se salva solo. Esta sentencia parece estar recorriendo nuestras mentes y corazones desde el inicio de la pandemia del coronavirus y, sin embargo, las medidas de contención obligan a estar solos, confinados en casa, en el mejor de los casos rodeados de la familia y, en el peor, en la soledad que desgarra.

¿Cómo resolver esta contradicción entre la necesidad de los otros y la obligación de aislarnos de ellos? Quizá haya que echar mano de un nuevo concepto que ha estado surgiendo en las conversaciones de los dirigentes de diversos países y de los organismos internacionales: una solidaridad universal.

Estar cerca del otro no necesariamente conlleva una cercanía física, lo hemos descubierto con el uso de las tecnologías que nos acercan y hasta nos permiten pasar un cumpleaños virtual con muestras de cariño que, quizá de forma presencial, no hubiéramos podido sentir. El estar en casa obliga a estar en las pantallas, es decir, no hay pretextos para no estar, para ausentarse, para evadir las llamadas, los compromisos, la responsabilidad. Estas en casa y tienes tiempo, de hecho, todo tu tiempo está disponible, a veces debatiéndose entre las obligaciones laborales y las necesidades familiares pero de que hay tiempo, eso, nadie lo puede negar.

La nueva solidaridad que proponen tendría que trascender la capacidad de estar físicamente tal como lo hemos trascendido todos desde hace varios meses, encontrar la manera de atender las necesidades de los otros –sin olvidar las nuestras- desde las trincheras de las nuevas tecnologías y de la distancia social, que no emocional.

Ante la constatación del fracaso de los sistemas gubernamentales y del colapso mayor o menor de los sistemas de salud mundiales, muchos se han cuestionado sobre la posibilidad de recurrir a un nuevo orden con una nueva gobernanza mundial que, entre otras cosas, dictara los procesos de protección de la salud de las poblaciones a nivel mundial.

Profesora e investigadora de la Facultad de Bioética de la Universidad Anáhuac México.

Pensándolo a fondo no parece una mala idea considerando que una voz líder creíble y confiable, digna de seguirse por su congruencia personal y rigurosidad científica hubiera sido deseable hace varios meses, no obstante, el riesgo de centralizar las leyes y darle univocidad implica asumir el deterioro de las libertades individuales, de las democracias particulares y de la vida en común según los contextos culturales de cada país.

Ahora bien, tal vez haya que pensar esa nueva gobernanza mundial no como una persona o grupo de personas si no como un precepto: el llamado urgente a la solidaridad.

Después de constatar que lo que afecta en un lado del planeta termina por afectarnos a todos y que, en realidad y a pesar de los ideales de la modernidad, no existen las razones individuales si no los sentires comunitarios, repensar nuevas formas de vivir después de la pandemia, será incorporar a nuestros hábitos y modos de vida la actitud solidaria de saber estar más allá de las barreras físicas.

La indiferencia, el egoísmo y el odio no pueden seguir siendo los cánones que rijan la vida postpandemia, hay que dejarles paso a la compasión, a la generosidad, a la preocupación por el otro y a la atención solícita de todos y cada uno de los que habitamos la Casa Común.

Esto no significa destruir la vida política de cada país ni suplantar las autoridades locales, si no más bien, abrir la posibilidad a crear políticas públicas que tengan un enfoque mundial en donde todos los gobiernos se sientan comprometidos no ya por el bien de su país y de sus ciudadanos si no por el bien del mundo y de todos.

No hay cabida para delinear fronteras, la pandemia ha dejado claro que esto no sirve más que para generar motivos de guerra y destrucción, es necesaria una acción global que no sólo frene esta crisis mundial si no que prevenga otras que pueden acontecer en un futuro.

No hay tiempo para discutir de quién es la cura o quién sacará primero la vacuna, lo que urge ahora es trabajar por el bien común y esto exige la renuncia a la fama y a las riquezas, tan perseguidas en nuestra época posmoderna, y velar, más bien, por la satisfacción de sentirnos hermanados en el sufrimiento pero salvados por la solidaridad universal.

Autor: Dra. Marieli de los Rios Uriarte

Un dilema bioético Fernanda y Rodrigo: el retrato de una realidad
Un dilema bioético Fernanda y Rodrigo: el retrato de una realidad

Autor: Jazmín Jhovana Serrano Bobadilla

En el presente artículo se abordará el dilema bioético analizado por la Facultad de Medicina Clínica Alemana – Universidad de Desarrollo, a saber, sobre el proceso cronológico del embarazo interrumpido en la semana veintiuno por parte de Fernanda y Rodrigo, quienes, debido a las alteraciones cromosómicas sufridas por el feto, la vida sería nula y de sumo riesgo para la existencia de Fernanda.

La propuesta realizada por dicha universidad desde la bioética narrativa , que dicho sea de paso propone un caso a través de una opción interpretativa, es decir, que relata la historia, y parafraseando a Mauricio Beuchot , éste dirá que, al desplegar mundos a través del lenguaje, entonces, tenemos la posibilidad de interpretar, creando un referente que impida relativizar, por tanto la bioética narrativa puede ofrecer un medio para ilustrar y reflexionar en este caso el mundo de Fernanda y Rodrigo.

Ahora bien, este dilema bioético será analizado desde la ética moral, la cual permitirá ahondar en la importancia del bien mayor para las personas implicadas, partiendo de la premisa de la conservación de la vida, tanto de Antonia, como de Fernanda, así como de las decisiones que conjuntamente tienen ésta última y Rodrigo.

Específicamente, me propongo argumentar desde la perspectiva aristotélica de la obra: “Ética Nicomaquea” , libro dos, el tema de las virtudes, las cuales transforman el modo de actuar del hombre, permitiendo conformar una estructura sólida de sus principios, lo que coadyuvará en una base de soporte para abordar el elemento central de este ensayo, a saber, el concepto de libertad, lo que representa la base medular del actuar riguroso del ser humano desde lo moralmente correcto. A así mismo, es importante resaltar que como elemento fundamental de tal dinamismo está la autodeterminación, elemento constructor de un círculo virtuoso junto con la libertad, el cual me permitiré abordar desde el texto de “Ser persona: Diversas perspectivas” , integrado por Hilda Patiño y Teresita Sevilla, investigadoras de la Universidad Iberoamérica.

Y finalmente reforzaré mi argumentación con la recuperación del humanismo, evidenciado en el texto De la muerte del hombre a la rehabilitación de la persona; trazos a una respuesta no pedida al antihumanismo contemporáneo en la visión de karol Wojtyla , el cual propone desde una integración de autores contemporáneos, la fuerza y valor de que la libertad puede vivirse desde el acto del amor.

Incorporando un “co-obrar”, es decir, obrar junto con otros, de tal suerte que la autodeterminación, conlleven a la libertad, para actuar desde el amor con imparcialidad y respetando la dignidad de la persona. Dichos elementos de reflexión pueden integrarse en el reconocimiento de la propia trascendencia, pues ante las decisiones evidenciadas desde la libertad, es posible el bien vivir, como finalidad suprema del acto moral.

En el libro segundo de la Ética Nicomaquea de Aristóteles, el autor menciona lo siguiente:

“[…] debemos examinar lo relativo a las acciones, como hay que realizarlas, pues ellas son las principales causas de la formación de los diversos modos de ser, como hemos dicho. Ahora bien, que hemos de actuar con la recta razón es comúnmente aceptado y lo damos por supuesto (luego se hablará de ello y de que es la recta razón y como se relaciona con las virtudes). “.

Sobre tal capítulo, Aristóteles plantea la importancia de actuar desde la recta razón, evidenciando que el razonamiento representa una parte elemental en la importancia de realizar con firmeza una acción, dicho de otro modo, formándose en las virtudes es como el hombre no solo realiza actos buenos, sino que da lo mejor de sí, para tal efecto requiere de un ejercicio constante de reflexión y práctica, que conllevan a un comportamiento razonado y justo, el cual es nombrado como virtud o virtudes.

En este sentido, la templanza y la valentía representan una interesante reflexión aristotélica que permite reconocer la valía e importancia de la toma de decisiones que fueron cumpliendo los padres de Antonia.

En el presente caso no se describen los modos de vida, tanto de Fernanda y Rodrigo, sin embargo, el texto hace la alusión de que, a través de los actos, es decir, los cuidados físicos de Fernanda, la rigurosa asistencia al médico, la reflexión sobre los cometarios del médico, se busca la conservación de la vida de su hija, así como el de mantener en el mejor estado físico de la madre.

Ahora bien, me permito retomar primeramente el concepto de templanza, pues desde esta virtud el ser humano introyecta su razonamiento ético para actuar, pues ante la frase aristotélica <>, los personajes del dilema se enfrentan a esa búsqueda del equilibrio físico de Fernanda y, por otro lado, la mesura de Rodrigo, fortalece la seguridad de ésta, lo que conlleva una decisión que encamina a los cuidados y disciplina por salvaguardar la vida de Antonia.

De igual modo y en relación a la virtud de la valentía, el hombre temperante será capaz de acometer una empresa arriesgada, con un alto grado de temor, pero manteniendo todo acto desde los justo y moderado. Por ello es que frente a la desesperanza de vida que indican los estudios médicos, tanto de la pequeña Antonia como de su madre Fernanda, sólo un acto de valentía puede soportar el peso de abortar la vida de su hija.

Aun cuando la premisa de mantener la vida es un acto de proteger la conservación de la especie, Aristóteles considera también la razón como elemento superior del ser, pues, buscará que haya una consecución entre los actos humanos y lo bueno. Así, pues, el hombre virtuoso buscará por antonomasia entre lo más bueno, lo mejor, es decir, la vida que lo llevará a la plenitud.

Es decir, la búsqueda del hombre sí está encaminada a encontrar la felicidad, sin embargo, es la búsqueda por la perfección o plenitud la que dará más frutos al ser que lucha por equilibrarse a través de la razón, con actos más justos y que han sido medio de perfeccionamiento para elegir mediante la libertad.

Ante tal dilema, la vida, es a lo sumo la constante de reflexión, y el acto razonado de cómo actuar. Ante esto Aristóteles menciona lo siguiente:

Es por tanto, la virtud un modo de ser selectivo, siendo un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello por lo que se decidiría el hombre prudente. […] Por eso, de acuerdo con su entidad y con la definición que establece su esencia, la virtud es un término medio, pero, con respecto a lo mejor y al bien, es un extremo.

Por lo tanto, el ethos, es decir, el modo de comportarse de ambos personajes reflejan una ética moral equilibrada, pues, desde el planteamiento aristotélico, su modo de actuar, los lleva a un razonamiento sobre salvar la vida del feto en un primer momento, proponiendo un referente de lo mejor, hasta el nacimiento, a pesar del riesgo de la propia madre, sin embargo, la lucha se encamina a la búsqueda de un bien mayor o lo mejor, esto es, salvar la vida de la madre o la vida de su hija Antonia, pese a que según los estudios sería sumamente corta.

Aunado a la sencilla reflexión aristotélica, me permito integrar una breve reflexión en torno al autoconocimiento y su elemento de la soledad, puesto que en ello se juega La responsabilidad de la libertad en la relación conmigo y con los otros . Por ello, Hilda Patiño y Teresita Sevilla señalan que es poco probable contestar de forma sencilla la siguiente pregunta: ¿Quién soy?

Ante tal pregunta, no es posible ofrecer una respuesta sencilla, breve y fundamental, sin embargo, un medio al cual pocos accedemos para responder es desde la propia soledad, la cual permite interiorizar en harás de orientar la conciencia de lo que deseamos, pensamos y sentimos.

Para tal efecto de reflexión, la interiorización y autoconocimiento, jugaran una completa estreches para que por medio de la soledad se nutra una introversión razonada: Una vida sin examen, no tiene objetivo vivirla para el hombre.

En relación a esta afirmación socrática, la autora discute: […] la reflexión sobre uno mismo es fundamental para quien busca desarrollar sus facultades y su propio potencial. Con base en ella podemos establecer, por ejemplo, si nuestra conducta es correcta o incorrecta .

La autora fortalece su argumento, retomando lo dicho por Agustín de Hipona, integrando una definición de la bueno y lo malo, que podría identificarse desde el campo ético como lo correcto o incorrecto; es decir, el mal no existe, es ausencia de bien, es decir, a través de la razón pueden crearse los contrapesos que equilibren las elecciones erróneas, es decir, tendrá orden en sus decisiones, por lo tanto el propio amor ordenado será pieza clave para elegir con libertad la mejor decisión de vida.

La importancia de integrar el elemento de la soledad en el autoconocimiento permite iniciar una breve reflexión ante la realidad de vivir en ciertos momentos la falta de acompañamiento, no necesariamente porque en este dilema suceda fielmente, sin embargo, toda persona en el momento propio de tomar decisiones se encontrará solo para elegir, luego entonces, sucederá que si se encuentra en relación con el otro, encontrará el apoyo que requiere para reconocer en sus actos, aquello que se considera en la reflexión individual como bueno, que, para el caso de Fernanda y Rodrigo es fundamental como pareja y padres de Antonia, así como un acto de amor en función del orden que para ellos refiere salvaguardar la vida la Antonia, pero analizar que el mayor bien es la vida de Fernanda.

Ahora bien, ante el caso de Fernanda y Rodrigo, es importante rescatar que ambos desde su propia perspectiva tienen sentimientos de temor, pero el dialogo salva la decisión tomada, primero, por su propio ejercicio reflexivo, y segundo, por el consenso con el otro que le permite ir avanzando en el camino.

Por tanto, rescatando la frase agustiniana y fortaleciendo la importancia de integrar la soledad como elemento que abona en favor de la libertad, es entonces valioso señalar que, ante el acto de buscar un orden a las cosas, es voluntad primordial elegir un acto moralmente bueno. Por ello es que a partir de la reflexión que realizan Fernanda y Rodrigo sobre las condiciones médicas de su hija y la información con la que cuentan puede darse la decisión libre, a saber, el cuidado riguroso de la vida de Fernanda para rescatar la de Antonia, de tal suerte que les permita recibirla para despedirla de una condición de salud incompatible con la vida.

Como podrá notarse los elementos antropológicos superiores del ser, repercuten directamente en la acción, para que tal efecto se cumpla, es esta autodeterminación, de lo íntimamente individual que las decisiones abordarán lo bueno, lo correctamente encaminado a optar por una decisión que plenifique la vida propia y de los otros.

Por tanto, resulta crucial demostrar madurez para reconocer lo bueno como acto moral que lleven al pleno uso de la libertad, en el entendido de que lo espiritual está por encima de lo material. Pues, tan bueno es considerar valiosa la vida de Antonia, pero, juega como referente la beneficencia de la madre, por lo tanto, el orden o lo bueno expresados por Fernanda y Rodrigo, respecto de la lucha que entablan para mantener la vida de su hija hasta la mitad de la gestación, permite dilucidar que el acto de abortar a su hija integra también el bien para ambos pero sobre todo es de Fernanda. Ahora bien, exponer la vida de Fernanda, se caería en el desorden, pues, la elección de la libertad de la cual fuimos dotados nos permite identificar el bien como supremacía, por ende, actuar en consecuencia es buscar la trascendencia por un bien mayor.

Es también desde la experiencia cómo las personas determinan su actuar con cada acto moral, y ésta deberá tender a hacer el bien y evitar el mal , cabe destacar que el autor evidencia que cualquier persona en su sano juicio optará por el bien, sin embargo, la diferencia radica en la concepción que cada individuo tenga de la <>.

En el caso concreto, la investigación demuestra que ambos personajes resuelven y deciden desde una conciencia buena, al grado de tratar de salvaguardar la vida hasta lo más posible, es decir, su actitud no atiende a un pragmatismo que, si bien pudo ser la “solución” desde muy iniciado el embarazo, sino determinan mediante una postura personalista, buscar la salvación de su pequeña, este volver y mirar siempre a la persona para abstenerse de lo pragmático que indicaba que no había futuro.

Es importante rescatar a la persona en su actuar, interiorizando en la búsqueda de salvar la vida de otra persona, siendo que en ello, debe tomar la decisión de interrumpir un embarazo, pero manteniendo en el centro la dignidad como bien supremo: Por ello cuando el ser humano participa en un esfuerzo junto con otros, es importante que su participación esté mediada por su aceptación libre y basada en las exigencias de su dignidad .

Por tanto, la decisión de abortar, por un lado, está soportada por el análisis médico que es diagnosticado de forma oportuna, a ello responde un primer momento de actuar con moralidad y responsabilidad, es decir, integrando las evidencias que demuestran un riesgo con pocas posibilidades de salir avante con la vida del feto; por otro lado, la moralidad del actuar por parte de los padres frente a este acto, se responde con amor.

En otras palabras, es mediante la libertad, constituida por la autodeterminación, en donde ambos actores imprimen su subjetividad y su moralidad al proteger la vida de Fernanda.

A la luz del amor que se ofrece como dato, la realidad se articula de modo inmediato en un ordo amoris que ubica todos los bienes en función del bien que por vía de su efusividad intrínseca y voluntaria se presenta como el mayor de ellos. El amor en su sentido más radical no consiste en que la persona entregue un bien, sino, principalmente, en que ella misma se entregue con toda su perfección intrínseca como bien.

Quien sabe perdonar…es más feliz
Quien sabe perdonar…es más feliz

Ahora que he investigado y estudiado sobre lo que hace que una persona sea más feliz que otra, me he encontrado con la importancia de saber perdonar.

Quiero que pienses en este momento en alguna persona que te ha hecho algún daño o herido, y contesta honestamente que actitud tienes hacia él o ella:

  • ¿Quiero que pague por lo que me hizo?
  • ¿Me mantengo tan alejado como es posible de ella?
  • Me gustaría que algo malo le sucediera
  • Vivo como si esa persona no existiera
  • No confío más en ella
  • Quiero que la vida le de lo que merece
  • Me cuesta mucho trabajo ser amable con ella
  • La evito
  • Voy a vengarme de ella
  • Ya no tengo ningún tipo de relación
  • Quiero verla dañada o miserable
  • Me alejo de ella

Si la mayoría de tus respuestas fueron afirmativas, quiero decirte con tristeza que eres alguien que no sabe perdonar.

Que estás lleno de rencores y resentimientos,  que vuelves a sentir eso que te hicieron hace poco o mucho tiempo, que no lo has olvidado.   Y sabes lo más importante:   ¡que el más afectado eres tu mismo!

El perdón es vivir el presente sin rencores ni resentimientos,  es vivir con amor;  es liberarte de esa atadura negativa hacia otra persona, es el mejor regalo que puedes darte a ti mismo.

Y vamos a ver el porque:

Los estudios científicos demuestran que al no perdonar tu salud física y mental se ve afectada, empiezas a enfermarte tanto por dentro como por fuera.

Las personas que saben perdonar viven más tiempo y tienen mejores relaciones con los demás.

En la comunidad:  familia, escuelas, colonias y ciudades, tenemos que fomentar mucho más el perdón entre unos y otros.  Esto nos permitirá vivir en armonía y paz.

Y el resultado:   las personas que han sabido perdonarse a si mismas o a alguien más son en definitiva más felices.

No sabes como hacerlo,  te sugiero tres ejercicios muy sencillos:

  1. Antes de hacer el ejercicio de perdonar a otra persona, piensa un instante en un momento en el cual TU hayas sido perdonado. Recuerda el momento en que le hiciste daño a alguien más (con tu pareja, amigo o familiar).   Si alguno de estos te perdono:   ¿como te lo comunicaron?  ¿Cuál fue tu respuesta?  ¿Porque lo hizo? ¿Le ayudó a esa persona el perdonarte? ¿Mejoró su relación?

Esto podrá ayudarte para que reflexiones en la importancia de saber perdonar, y te puedas pensar en como hacerlo.

  1. Imagina el perdonar: identifica a una persona que piensas que te ha ofendido. Después haz un ejercicio de imaginación en donde te acercas y empatizas con ella para ofrecerle tu perdón. Que le dirías,  ¿que emociones se despiertan en ti?  ¿Cuáles serían tus expresiones faciales?   ¿Que sentiría tu cuerpo?
  2. Carta de perdón: intenta que todo tu enojo, rabia y demás sentimientos salgan y escríbelo en una carta. ¡Por favor !no la envíes!

Piensa en todas aquellas personas que te han hecho daño en tu vida, que te han lastimado y que nunca has perdonado.

¿Piensa si estas experiencias, y el no haber perdonado valen la pena?    ¿Si te está impidiendo ser más feliz y vivir más tranquilo?

Si la respuesta es que si,  es mejor que empieces a trabajar y perdones a esa persona:  describe a detalle la ofensa que te hicieron, en que te afecto, de que otra manera de gustaría que la persona hubiese actuado y termina con una afirmación de que la entiendes y la perdonas.    Recuerda:  la carta no se envía.

Son tres ejercicios muy sencillos, pero profundos e importantes, trata de hacer alguno de ello.  ¡Te invito el día de hoy a ya no cavilar más,  a no seguirle dando vueltas a las cosas que te hicieron o dejaron de hacer!

La vida es corta y el tiempo pasa rápido, y si de algo no te vas a arrepentir nunca, es el haber perdonado a otra persona que consciente o inconscientemente te ha lastimado.

Recuerda, solo se necesita una persona para perdonar, cuando son dos se llama reconciliación.

Hoy lo puedes hacer, y sin duda alguna serás más feliz.

Autor: Lucía Legorreta de Cervantes / Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com.   Facebook: Lucia Legorreta

Pensamientos desde mi Ermita Polanco C19 En tiempos del Coronavirus…
Pensamientos desde mi Ermita Polanco C19 En tiempos del Coronavirus…

Colonia Polanco, Ciudad de México, 28 de marzo de 2020

Queridos amigos, amigas y familiares de México y del extranjero, os hago llegar algunas reflexiones personales en el confinamiento de mi casa, mi “ermita Polanco C19”, en este tiempo de Coronavirus (COVID 19, C19), donde estoy con mi esposa y nuestra hija.

En primer lugar, quiero recordar a Antonia M. Q., magnífica mujer, tía y madrina de mi esposa, que ha fallecido hoy en Barcelona por el Coronavirus. Descanse en paz. Finalmente, si queréis reenviar mis reflexiones a alguien a quien le pueda interesar, podéis hacerlo con libertad.

Ahí van algunos pensamientos:

  1. Nos equivocamos al creer que dominábamos la naturaleza. Desde el siglo XIX, el hombre se autoendiosó pensando que lo dominaba todo. Rechazó a Dios (A. Comte, L. Feuerbach, K. Marx, F. Nietzsche, S. Freud) y se erigió en ser todopoderoso, por encima del cual no había nada. Son muchos los que desde entonces nos han dicho que eso no es cierto, que somos criaturas, no creadores, que no somos dios, pero apenas se les ha escuchado (G. Fessard, K. Barth, J. Ellul). Sin duda, uno de los grandes logros de la Modernidad ha sido la autonomía (I. Kant), nuestra mayoría de edad, esto es, saber que podemos regirnos por nosotros mismos sin esperar a averiguar lo que debemos hacer en textos sagrados, pero el gran error ha sido creer que ya no teníamos Padre. Seguimos siendo hijos. La vida sigue siendo un don inmerecido. La naturaleza sigue siendo un regalo que se nos ha dado, no una máquina que controlamos a la perfección. El C19 nos recuerda que no tenemos un poder absoluto sobre la naturaleza. Un minúsculo virus está acabando con la vida de muchas personas (poderosas o no), resquebrajando el sistema sanitario (público y privado), haciendo caer las bolsas, dejando los aviones en tierra, posponiendo la Eurocopa y los Juegos Olímpicos, cerrando los parlamentos, vaciando las calles, cerrando colegios y universidades, cines, teatros y centros comerciales.

 

  1. Somos una sola humanidad. Nunca dejará de sorprenderme cómo nos identificamos más con colectividades que con nuestra condición humana. Moriré sin haberlo entendido. Es obvio que todos formamos parte de una sola humanidad, y sin embargo lo que vertebra nuestra vida es una colectividad, o varias: “los progresistas”, “las feministas”, “los americanos”, “los judíos”, “los musulmanes”, “los ecologistas”, “los soberanistas”… La lista es larguísima. Nos sentimos arropados en nuestro colectivo y miramos con desprecio o con odio a otros colectivos. El nuestro tiene la razón; los otros se equivocan. Nos ponemos las gafas de nuestro colectivo y lo miramos todo, sin excepción, a través de esa lente, con lo cual no hacemos sino confirmar una y otra vez lo que ya creíamos, y así nuestro pensamiento no avanza.  En realidad, somos una sola humanidad. Es mucho más profundo y radical lo que nos une que lo que nos separa. En tiempos de bonanza, tendemos a olvidarlo; en tiempos de pandemia, recuperamos esa identidad humana que habíamos olvidado porque la dábamos por supuesta.

 

  1. Ante la muerte, todos somos iguales, porque ya lo éramos en vida. La muerte no es sino la fotografía de la vida, decía Karl Rahner, no sé si tomando ese pensamiento de otro autor, quizás de M. Heidegger, lo ignoro. Cuando miramos la realidad humana, en seguida se nos hace patente la desigualdad, que ha existido en muchos siglos de la historia humana y que hoy es más evidente y dramática que nunca. Poco tiene que ver el rico de Beverly Hills con el pobre del Chad; poco tiene que ver mi ermita C19 en la colonia Polanco con la condición en la que están hoy muchos mexicanos en el Estado de México, para los que no lo saben, la periferia de Ciudad de México. Sin embargo, somos iguales. Ricos y pobres murieron en la I Guerra Mundial, en la II Guerra Mundial, en la guerra de Vietnam, en la guerra del Golfo, en la Peste, en la Gripe Española, en la crisis del Sida y ahora en la crisis del C19. Sin duda, los ricos tienen, tenemos, muchos mecanismos de autoprotección que no tienen los pobres, pero al final la muerte acaba llamándonos a todos, y nos llama por nuestro nombre, no por nuestros títulos ni por nuestras cuentas bancarias, como en los entierros de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, en la Edad Media y también siglo después. Por ello, la muerte, que forma parte de la vida, nos une.

 

  1. El pensamiento único está desapareciendo. La Globalización, desde los años 90, había creado la ficción de que había un solo modo de vida y una sola forma de pensar: el American way of life, en versiones distintas en función de la latitud. Unos lo aceptaban abiertamente, “los neoliberales”, y otros decían criticarlo, pero en realidad lo imitaban con su vida, “los progresistas” o “los antisistema”. Mirad cómo viven Felipe González, Daniel Ortega o Pablo Iglesias. En ese único modo de vida supuestamente digno, la felicidad consistía en tener mucho dinero, vivir confortablemente, tener buena fama, viajar mucho, tener tecnología punta, poder llevar a los hijos a las mejores universidades de Estados Unidos, Inglaterra o Canadá, consumir mucho Internet, obtenerlo todo ya ahora, un modo de vida donde el tiempo y el espacio tendían a cero, como bien analizan Bjung-Chul Han y Hartmut Rosa, autores que conozco gracias a mi buen amigo Albert Florensa. La crisis del C19 nos está mostrando que es posible otro modo de vida. No cabe duda de que estar encerrados en casa con los abuelos y los niños pequeños no es precisamente el paraíso, por razones psicológicas. Somos humanos. Necesitamos salir, movernos, respirar, y eso está muy complicado ahora. Sin embargo, el C19 nos ha mostrado otras dimensiones de la vida que teníamos adormecidas: la creatividad, la pasividad, la solidaridad (aunque sea a distancia), la comunicación de lo negativo (y no solo de lo positivo, como se suele hacer en la redes) (como decía mi maestro Fernando Manresa, S.J., cuando yo, de joven, estaba en plena crisis, con mis ojos humedecidos: “compartir la negatividad nos une a los demás”), la contemplación, la reflexión. Aparte de las bromas simpáticas que corren estos días por las redes sobre el C19, hay también muchos mensajes de familiares y amigos que me hacen ver que el espíritu está aflorando por doquier. Estamos descubriendo que somos espiritualmente más ricos de lo que creíamos, y estamos descubriendo que se puede ser persona con otros modos de vida y con otros valores distintos a aquellos que creíamos únicos.

 

  1. Una pregunta importante: ¿qué puedo hacer ahora por los demás? No cabe duda de que en tiempo del C19 la primera pregunta que nos viene es: “¿cómo puedo protegerme a mí mismo, y a los míos más cercanos?”. Es normal. Hay que hacerlo, no solo por nosotros, sino también por los otros que se podrían contagiar a través de nosotros. No obstante, en seguida hay una segunda pregunta que debería aflorar a nuestro espíritu: “¿qué puedo hacer por los demás?”. Por ejemplo, somos muchos los que vamos a seguir cobrando el mismo salario (al menos, de momento) a pesar de la crisis del C19, porque seguiremos trabajando desde casa. Pero hay trabajos que no se cobran si no se realizan presencialmente. Echemos una mano económicamente a este colectivo. La señora que nos viene a limpiar la casa: digámosle que se quede en su casa, y sigamos pagándole lo mismo. Seguro que se os ocurren otras iniciativas. Esto es como el virus, pero en bueno. Si a cada uno se le ocurre apoyar a dos o tres personas, estamos salvados.

Continuaré, espero.

Autor: Dr. José Sols Lucía

Universidad Iberoamericana

De la resignación al abandono
De la resignación al abandono

Mucho he pensado en las últimas semanas tras experimentar durante 14 días el miedo a haber sido contagiada después de haber estado, en dos ocasiones, expuesta por contacto con personas que han dado positivo al COVID-19.

Después de experimentar la rabia primero y el pánico después, he empezado a asentar los sentimientos y a ubicarlos, a reconocer las mociones interiores y a nombrarlas pero también y, sobre todo, a ponerlas delante de Dios y orarlas.

El miedo ha sido mucho y con él, viene el deseo de, como diría San Ignacio con el mal espíritu, mostrarle mucha cara para ver si disminuye o, al menos, se amedrenta de la misma forma en que lo hace conmigo, la valentía y bravuconería ayudan, momentáneamente, a sentirme invencible y capaces de luchar contra quién sabe qué, quién sabe cómo. Pero esto viene de mi humanidad, de mi muy herido ego que se empeña en enfatizar mi autosuficiencia y grandeza. Aún no me había abierto a la gracia.

Seguido a esta primera etapa entro en un momento de resignación, en donde me doy cuenta de que ni mis 37 años han acumulado sabiduría ni astucia suficiente para luchar contra este virus, inmune a cualquier cura, tan camaleónico como para adherirse a superficies que a diario toco y con las que a diario mis pies tienen contacto, un virus incapaz de morirse y resistente a todo! Y a todos! Y así poco a poco voy experimentando la frustración y el sabor del fracaso, la sensación que carcome la otrora fuerza y resiliencia, y caigo en el mar de la tempestad donde reconozco que, haga lo que haga, sigo expuesta y que no hay medida suficiente para prevenirlo, que tarde o temprano todos estaremos enfermos sin importar las medidas que tomemos.

En este momento todo se ve oscuro y me siento hundir, sólo me queda esperar a que llegue, a que aparezca la fiebre y la dificultad para respirar, a que mis sueños se vengan abajo y mis ilusiones vuelen con el viento de la tarde, caigo en el aletargamiento que experimentan los que ven la batalla perdida y sólo aguardan la declaratoria final.

Sin embargo, a ratos mi fe se sobresalta, hace un intento por revivir y me recuerda que un hombre de 83 años, en la soledad y el silencio del dolor y de la muerte, se encamina hacia el altar, con la firmeza de quien está siendo impulsado por el Espíritu, no duda en seguir caminando bajo la lluvia y cuando resuena su palabra, no es él quien habla, hay alguien más y él sólo es su instrumento.

Sus palabras resuenen en el más absoluto silencio, palabras que declaran que no hay cabida al fracaso ni lugar para la desolación por que Jesús está en nuestra barca y confía en el Padre. Cada frase parece resurgir de las tinieblas, iluminar el cielo mientras su frágil figura se sumerge en la noche de Roma. Y ahí está, ahora ha aparecido la esperanza, el sabernos en la misma barca y con Jesús en la proa y algo se va abriendo en mí: sigo escuchando y experimento el pasar, poco y sutilmente, de la resignación al abandono.

Si la resignación me llevaba a la ausencia de esperanza, el abandono me abre a la dimensión de la fe donde todo es posible. La resignación no nos deja ver porque nos nubla e impone la trampa de la tentación de sentir la tempestad y creer que nos hundimos, de sacar a Jesús de nuestra barca y confiar en las fuerzas humanas más que en la gracia divina. En cambio, el abandono nos remite a la confianza y a la esperanza, a creer que estamos en las manos del más experimentado de los capitanes y que, aunque arrecie la tormenta y a ratos perdamos el rumbo, Él va con nosotros y no nos dejará naufragar.

Cierto, el abandono no quita el miedo pero nos permite experimentarlo distinto, no como miedo si no como temor porque reconocemos que la oscuridad, la lluvia y el silencio no tienen la última palabra. Con el abandono, la fragilidad se torna milagro y penetramos en el misterio de la Cruz. Un sufrimiento que pudo haber sido evitado y que, sin embargo, se vivió desde la convicción más íntima de sabernos hijos amados.

Así, mientras que veo como algunos pasan del miedo a la resignación, yo voy encontrándome con el abandono y quisiera que todos vivieran así: serenamente abandonados en las manos del Padre, porque la tempestad seguirá pero la tempestad interior cederá, sea cual sea nuestro destino, contraer el virus o no, será para la mayor gloria de Dios como lo fue la muerte y resurrección de Lázaro, mientras hay algunos que dudan como los judíos, como la misma Martha en su diálogo con Jesús, yo hoy decido creer y decido conservar la esperanza de que, con Él a nuestro lado, no hay cabida para el miedo ni para la desolación.

Autor: María Elizabeth de los Ríos Uriarte

¿Como lavarnos las manos con agua y jabón?
¿Como lavarnos las manos con agua y jabón?

El futuro de la bioética
El futuro de la bioética

La segunda mitad del siglo XX se caracterizó por la pluralidad y por el relativismo.

Estos hechos, heredados al siglo XXI, presentan en la actualidad una crisis de la razón y un aumento de la heterogeneidad cultural y religiosa. De un sistema bastante homogéneo en épocas anteriores, se pasó a un sistema donde la tolerancia y el respeto a la pluralidad han tomado el primer plano, y tanto en la vida moral, política y creencial, hemos pasado a múltiples códigos, que nos sirven para resolver sin problema cualquier tipo de cuestionamiento, porque siempre habrá una puerta que nos dé la razón. El relativismo es la norma. Sin embargo, saber si se está en un error o en lo correcto, ya no es tan fácil como en el pasado. Por lo tanto, se hace necesario establecer diálogos y discusiones entre grupos bien preparados, que logren orientar el futuro de la raza humana.

Por otra parte, tan complicado como hacer un diagnóstico clínico, comunicar una decisión trascendental a un paciente, aplicar o no un nuevo tipo de tratamiento o influenciar para que los padres acepten una medicación para sus hijos, es tomar una decisión ética sobre diversos aspectos de la vida de los seres humanos. En cualquiera de estos casos, los actores principales deben prepararse adecuadamente para poder tomar la decisión correcta.

Al hablar del futuro de la bioética, debemos tomar en cuenta que en el mundo moderno cada día es más evidente la democracia participativa, en la que existen sectores muy contradictorios, y que muchas veces, algunos de esos sectores son los que crean las leyes de los diferentes países. Por consiguiente, la forma de ver los problemas no es igual en todas las sociedades.

Ante este panorama, a la bioética le corresponde crear cátedras universitarias, hacer foros de discusión y velar porque se establezcan permanentemente grupos bien preparados e interdisciplinarios, donde se discutan los puntos clave del desarrollo humano. Igual de importante será hablar de los nuevos tipos de fecundación, como de los problemas de la tala de árboles, de la contaminación del planeta, de la ingeniería genética, de los animales de experimentación, y de la seguridad del uso de los alimentos transgénicos.

La única forma que el hombre tendrá de llegar a conclusiones valederas que lo hagan avanzar por un camino seguro (porque con las perspectivas actuales el progreso humano no está garantizado), serán las discusiones bioéticas y pluralistas que se lleven a cabo entre científicos, abogados, ecologistas, genetistas y representantes de otras ramas del conocimiento, respetando en todo momento los credos personales, la cultura y la sicología de los diferentes grupos raciales, así como la legislación interna de cada país.

Es muy fácil escabullir las preguntas difíciles y no pensar ni siquiera en ellas, pero los bioeticistas no deberán rehuir los grandes desafíos del momento, y no les quedará otra alternativa que asumir el reto y discutir los problemas de la humanidad presente y futura. En la mayoría de los casos, la bioética no tendrá la solución final a los múltiples problemas complejos, pero sí será la brújula que indicará el camino a seguir dentro de un bosque complicado de argumentos válidos.

 Es por eso que puedo afirmar que siempre buscará el bien común tomando en cuenta la opinión de expertos, ya que algun dia esta disciplina podría salvar al mundo, por mas raro que suene…

Autor: Alexis Félix Álvarez

¡Que la lucha no se desvanezca!
¡Que la lucha no se desvanezca!

No puedo evitar que mi piel se erice al ver las imágenes de la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México. Una sociedad organizada y con un fin en común, no sólo mujeres si no hombres: papás, hermanos, novios, esposos, amigos que se unen para reconocer la urgencia de un problema que nos aqueja a todos pero principalmente a las mujeres: la violencia.

Al tiempo que sigo la marcha y me uno desde mi trinchera el paro convocado el día de mañana tampoco puedo evitar que haya una pregunta merodeando mi cabeza: ¿qué va a pasar después?

¿Una marcha más?, ¿una manifestación más para exigir respuestas y justicia? ¿un movimiento mas? Ojalá que no!
Por primera vez desde hace muchos años, estamos presenciando un momento histórico; tenemos una sociedad organizada, tal vez por hartazgo, tal vez por indignación o por pura solidaridad pero al fin encontramos algo que nos une a todos: mujeres y hombres, mexicanos y extranjeros, de todas las clases sociales, de todas las razas, de todos los orígenes y de todas las etnias.

El objetivo es sólo uno: hacer visible lo que, por años, ha permanecido invisibilizado, minimizado, ignorado o ni si quiera nombrado: nuestra dignidad, como mujeres, como personas, como seres humanos.

Ese logramos tener la atención incluso de quienes se burlan de nuestro movimiento e ignoran nuestra indignación, hoy marcamos un antes y un después en la historia de nuestro país. Los periódicos y medios de comunicación llevan ya días ofreciendo datos de lo alarmante que es una violencia ejercida hacia sectores específicos de la población, hoy hacia las mujeres pero mañana podría ser hacia adultos mayores, niños, hombres, indígenas o empresarios.

No perdamos de vista que igual de indignante es la violencia en contra de las mujeres que la ejercida en contra de cualquier persona, lo importante no es hacia quién va dirigida si no el acto mismo de violentar, lastimar, amedrentar y matar.

Ojalá que mañana y pasado y el siguiente mes y las próximas estaciones y los siguientes años el 8M día no se vuelva memoria si no constante y perpetua voluntad de lucha, permanente condición insatisfecha.

Recordar ese día no tiene ningún sentido porque no es un día lo que hay que recordar si no un despertar de mujeres, si, pero también, de una sociedad y de una humanidad que rechaza la marginación, el desprecio, el descarte, que clama justicia y solidaridad, que niega cualquier forma de descarte y que se pronuncia a favor de la vida, ¿de cuál vida? De TODA VIDA.

No nos quedemos sólo en el 8M, hoy apenas comenzamos, el camino es largo aún, el sol quema y la lluvia arrecia, el paraje a veces será desierto e inhóspito, duro el caminar en estas condiciones pero que si para algo ha de servir este día sea para recobrar el aliento y animar el espíritu porque justo cuando el andar sea cuesta arriba es cuando más hay que apretar el paso.

Que este día no quede en “ese día” si no en “siempre”. No olvidemos también que, en ese “siempre” existen muchas mujeres que no aparecieron en la escena pública, que no van a parar sus actividades y que siguen sumergidas en la aceptación resignada de su condición.

Que nuestra lucha, la de quienes si podemos salir a las calles a manifestarnos, la de quienes si podemos unirnos al paro nacional del 9M, la de quienes sí podemos tener una voz, no sea nuestra si no de ellas porque para eso somos mujeres y para eso somos personas: para levantar la voz por quienes no la quieren o pueden tener.

Hoy somos testigos de un reclamo social no sólo de los mexicanos si no de todos y todas: la paz es nuestro sueño y las conquistas son de quienes, un día, se atrevieron a soñar.

¡Que no pare aquí! ¡Que nuestra lucha no se desvanezca nunca!

Autor: Dra. María Elizabeth de los Ríos Uriarte
Profesora de la Facultad de Bioética
Universidad Anáhuac México

No hacer nada, Es estar de acuerdo
No hacer nada, Es estar de acuerdo

He reflexionado mucho sobre el tema de la violencia hacia las mujeres, y la iniciativa de empresas, organizaciones de la sociedad civil, hombres y mujeres: un día sin nosotras.

Estoy convencida de que la violencia hacia las mujeres debe terminar cuanto antes. Según datos del INEGI durante el segundo semestre del año pasado el 27.2 de las mujeres de 18 años y más que viven en zonas urbanas fue víctima de al menos un tipo de acoso personal y/o violencia sexual en lugares públicos. ¡Más de la cuarta parte de las mujeres!

Esto se refiere a situaciones tales como: le dijeron piropos groseros u ofensivos de tipo sexual o sobre su cuerpo que a usted le molestaron u ofendieron; alguien intentó obligarle o forzarle usando la fuerza física, engaños o chantajes a tener relaciones sexuales sin su consentimiento, o en contra de su voluntad; le ofrecieron dinero, regalos u otro tipo de bienes a cambio de algún intercambio de tipo sexual; le enviaron mensajes o publicaron comentarios sobre usted, insinuaciones sexuales, insultos u ofensas sexuales, a través del celular, correo electrónico o redes sociales, entre otras muchas.

Lugar público se refiere a la calle, transporte público, parque, lugar recreativo (cine, antro, etc.), o en otro lugar público como iglesia, centro comercial, mercado o plaza pública.

Tristemente los números suben considerablemente si nos vamos al ámbito de los matrimonios o uniones libres: 47 de cada 100 mujeres de 15 años o más que viven con su pareja sufren algún tipo de violencia: física, psicológica, económica o sexual. Únicamente un 19.1% de estas mujeres se atreve a denunciar.

Esto nos tiene que llevar a reflexionar sobre los diversos patrones sociales y culturales que durante años hemos aceptado como normales en nuestro país.

La dinámica familiar ha cambiado. Hace solo unas décadas el hombre era el proveedor económico de la familia, y la mujer quien educaba a los hijos y cuidaba del hogar. Actualmente, la mayoría de los hogares mexicanos dependen de dos salarios: papá y mamá.

Sin embargo, si analizamos la economía formal, encontramos que la participación laboral femenina es muy baja. Entre los 36 países miembros de la OCDE, México es el segundo con menos participación de la mujer en el ámbito laboral, solo superado por Turquía. Esto fomenta que las mujeres dependan económicamente de sus padres o parejas, condición que las mantiene vulnerables a una situación de abuso.

Sé que no es fácil cambiar esto de un día para otro. Me parecieron muy acertadas las sugerencias publicadas por Jorge Suárez-Vélez en su artículo del periódico Reforma: cambiar la unidad de fiscalización de familia a individuo, para evitar que se eleve la tasa marginal de impuesto cuando la mujer trabaja; incrementar el acceso a guarderías y estancias infantiles, mejorar su calidad, subsidiarlas y hacer deducible su costo; hacer extensivo el pago de semanas de maternidad a hombres, y obligar a que la tomen.

Promover que mujeres estudien carreras técnicas y de ciencia; fomentar la permanencia de las mujeres en las empresas, para que puedan realizar carreras gratificantes, ofreciendo flexibilidad de horarios y condiciones que permitan trabajar desde casa. Incluir a mujeres en puestos directivos y en consejos de administración, así como ofrecer el pago de remuneraciones iguales para ambos.

Estoy convencida de que un cambio de conducta es trabajo de todos, hombres y mujeres. Terminar con el abuso y la violencia hacia la mujer es obligación de todos nosotros.

Hombres y mujeres tenemos la misma dignidad como personas, somos dos caras de la misma moneda.

Debemos respetarnos unos a otros, para convivir como iguales y tener una sociedad sana y fuerte.

¡Unámonos para lograr un México mejor!

Autor: Lucía Legorreta de Cervantes Presidenta Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer. cervantes.lucia@gmail.com www.lucialegorreta.com. Facebook: Lucia Legorreta